Escrito en febrero del 2019
Debieron verla, acostada y sola, los árboles cantaban el arrullo nocturno y ella llorando por horas y horas, porque por primera vez en su vida, alguien le demostraba que el amor no tenía que doler, que no era amargo, que no era celoso y posesivo, que no era a ratos.
Por primera vez sentía que podía amar y ser amada, que lo que parecía un sueño, era una realidad.
Esa noche se preguntó lo mismo que se había preguntado durante su desafortunada vida ¿Qué hice para merecer esto? Pero esta vez la connotación era totalmente diferente, porque por primera vez no estaba sufriendo, estaba sintiendo algo que no conocía y era miedo, miedo de no merecerlo y miedo de perderlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario