La observé muy quieta sobre la
arena,
estaba descalza esperando el
amanecer,
sus ojos reflejaban aquel brillo
perdido hace años
que poco a poco comenzaba a volver.
La seguí y caminaba entre la blanca
espuma,
se veía muy solitaria en el basto
mar,
pero al mirar su rostro de cerca
noté su sonrisa
y supe que ella sabía que aún tenía
mucho que dar.
Aquella mañana el sol salía
despacio
y ella se sentó tranquila a
observar,
sintió los rayos tocando su
cuerpo,
y se dispuso muy firme a nunca
dejar de luchar.
Decidió adentrarse a las olas,
miró su reflejo y vulnerabilidad,
se encontró tan hermosa y
apasionada,
que entre lágrimas prometió no
volverse a olvidar.
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