Escrito el 27 de octubre del 2020
Desde pequeña tenía
esa necesidad de compartir lo que me pasaba, quería sentirme amada. Mi forma de
ser no me permitía abrirme, siempre fui callada, me guardaba todo, de alguna
forma tenía un mundo interior que gritaba por salir a la luz.
La primera vez que me
permití ser vulnerable fue con un joven mayor que yo, intento comprender porqué
elegí mostrarme con él, y lo único que recuerdo es que sin buscarlo él se
interesó en mí, me contó algunas cosas de su vida y de sus vivencias, y por
primera vez sentí que quizás podría hablar de aquello que me dolía, y así fue,
abrirme me llevó a sentir amor, aunque si miro al pasado, me pregunto: ¿realmente fue amor? Y la respuesta termina siendo “no”.
Mostrarme vulnerable
con él, me llevó a sentir que lo necesitaba, depender de él, y cuando las
señales de advertencia comenzaron a salir a la luz, simplemente las ignoré.
Comencé a ignorar aquello que sabía que estaba mal, porque no podía evitar
pensar que nadie me amaría, que nadie se interesaría en mí, y permanecí,
permanecí donde me sentía herida, permanecí donde cada día me hacían sentir
menos; y de alguna manera que no puedo llamar de otra forma que no sea
“milagrosa”, tuve la fortaleza de salir de esa etapa.
Comencé a
reconstruirme de los fragmentos, siendo más cuidadosa de en quién confiar, pero
aún con esa necesidad de querer sentirme amada. Hasta que nuevamente decidí
arriesgarme.
En esta ocasión mis
sentimientos de necesidad no fueron tan profundos, incluso me atrevería a decir
que en esa ocasión realmente supe lo que era querer a alguien, conocer sus
defectos, virtudes y potencial, pero al sentir que fui traicionada por dos
personas que quería, me quebré y nuevamente surgió en mí esta idea de que nadie
podría amarme, como si lo que valgo dependiera de aquello que los demás hacen,
y se que no es así, pero saberlo no era suficiente para sacar esa idea
de mi mente.
Al sentirme herida y
vulnerable, preferí no sentir, como no me sentía amada, preferí no amar e
ignorar mis emociones. En algún lugar leí que no importa nuestro dolor, si no
lo que hacemos con él, y lo que hice fue encerrarlo y dejar que me comiera por
dentro.
El sentimiento de
soledad y la necesidad de querer sentirme amada me llevaron a permanecer donde
me lastimaban y a torturarme donde las cosas claramente no funcionaban, especialmente
en la parte de relaciones de pareja, pero la vida me ha hecho entender que ni
todo el amor que pueda darte una pareja, un amigo o un familiar, podrá
reemplazar el amor que uno mismo debe darse.
Ahora pasan algunas
preguntas por mi cabeza:
¿por qué me he sentido poco amada?
¿por qué, de cierta forma, creí que necesitaba una pareja
para sentirme amada?
¿por qué elegí mostrarme vulnerable y aferrarme en donde
me hacían daño?
¿por qué le tengo miedo a estar sola?
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